En un mundo inmerso en la velocidad y en el torbellino de la información,  Vall Palou nos traslada a un cosmos de reflexión y de soledad que permite adentrarse en la esencia y en lo absoluto. Para la artista, el arte es una prolongación de la vida misma, un espacio donde busca reconocer el mismo estado de intensidad con el que vive.

Heredera de la tradición informalista y del expresionismo abstracto, rehúye cualquier fórmula expresiva para explorar e investigar una gran variedad de registros: pintura, grabado, dibujo, libro de artista y cerámica. Diferentes lenguajes que emplea en cada ocasión para conseguir los resultados expresivos deseados. Con una trayectoria silenciosa y en solitario, desarrollada por medio de un lenguaje estrictamente abstracto, ha llevado a cabo un meditado ejercicio de interpretación subjetiva de las sensaciones con una contundencia y una audacia de recursos que no esconden en ningún momento la vertiente introspectiva.

En la reivindicación de la pintura, su discurso va de lo gestual a lo matérico, pasando por el espacialismo y el tachismo. En unos espacios sin límites que materializa, normalmente, en grandes formatos, su práctica impulsiva y dinámica responde a las inquietudes más enérgicas que brotan con total libertad de ejecución. Deja de lado todo lo superfluo para quedarse con la pulsión del gesto, el camino del pigmento, el movimiento de la huella del pincel, la duración del trazo sobre el soporte, la acumulación de las densidades, el recorrido de los drippings… que sucesivamente se van superponiendo, solapándose y fundiéndose hasta llegar a establecer un entramado pictórico y una urdimbre reticular hecha de sutiles aportaciones y sedimentaciones. La propia cadencia energética otorga unas vibraciones que son las que ofrecen este pulso interior tan característico de su trabajo.

Verdaderos laberintos que nos permiten transitar visualmente por su interior, desde la superficie hasta las compactas profundidades y dialogar así con sus íntimos secretos que a menudo vislumbran resquicios de luz. En las composiciones actuales, el color toma protagonismo y las gamas se convierten en luminosas e impactantes: verdes, azules, rojos, blancos y negros, particularmente, se convierten en fulgentes vibraciones energéticas. Asimismo, los espacios atmosféricos anímicos, hechos de veladuras y vaporosidades, buscan el diálogo con masas compactas y campos monocromos de color que compensen el espacio con precisión constructiva.

Un trabajo de una incontestable afirmación pictórica que se interrelaciona en un todo único. Una batalla que el artista mantiene cuerpo a cuerpo con la obra, superponiendo, yuxtaponiendo, incidiendo… hasta que la propia obra ya no pide nada más, se da  por vencida. Pero este enfrentamiento no admite inseguridades, dudas o retrocesos, porque se consigue a base de disciplina, reflexión y exigencia en el método y en el proceso. De otro modo, no ganaría la imposición sobre la obra hasta doblegarla y hacérsela  suya. Una expansión visual y táctil de un gran placer estético, en que la profusión y la abundancia de accidentes matéricos conllevan una gran contundencia plástica y un sugerente lirismo, a caballo entre la fuerza de la emoción y del control mental. Una emoción que, progresivamente, se va filtrando a través de todo el proceso de ejecución, un apasionamiento que se ha ido racionalizando y alterando paso a paso desde el primer impulso motor.

Sin embargo, en contraposición, hay otras series que son producto de una acción mucho más directa que emergen de una forma totalmente fluida e impulsiva sin una suma de experiencias consecutivas. Son como organismos celulares o visiones microscópicas que se multiplican en una expansión corpuscular de evolución constante.

Con la práctica pictórica, Vall Palou ha hecho de las reivindicaciones del arte no figurativo no una limitación, sino, por el contrario, una imposición. Unos paisajes mentales que son el resultado de un proceso introspectivo, lleno de exigencias internas, cuestionamientos, planteamientos y retos personales que se convierten en el espejo sobre el que se reflejan los puntos más vitales de su yo. Unos escenarios que, dentro de una abstracción pictórica sustancial, en todo momento constatan el nexo que se establece entre el ser y el entorno.

En ese sentido, expresa los sentimientos más profundos del hombre: satisfacciones, frustraciones, dolor, alegría… mediante la aspereza de una textura, la vaporosidad de una transparencia, la organización estabilizadora, la estructura desequilibradora, los ritmos secuenciales de verticalidad extrema, la disolución y liquidez de la pintura; la dureza de un negro, la profundidad de un azul, la contundencia abrumadora de un rojo o la pureza infinita de un blanco. Prescindiendo de todo lo accesorio, nos ofrece aquello que es esencial en la más pura universalidad, es decir, el entramado íntimo del mundo. Un repertorio de energías formales liberadas en una explosión de matices y de registros que potencian la fuerza metafórica que permite a cada uno evocar su propio mundo imaginario.

Todo este proceso referido a los soportes del lienzo  se magnifica mucho más en el caso de los papeles. La radicalidad, espontaneidad, gestualidad y automatismo alcanzan las máximas consecuencias, sobre todo porque la misma técnica le ofrece mucha más libertad y le permite, por encima de todo, inmediatez. Las pinturas sobre papel de Vall Palou son directas, de primera intención y por eso conservan la frescura del primer vertido. Es un lenguaje privilegiado de expresión directa, de experimentación constante, un vehículo dúctil que le permite esa autonomía de actuación difícil de conseguir en la pintura sobre tela. Todo ello constituye una especie de laboratorio personal, el espacio más íntimo del artista, la descarga instantánea entre la mente y la mano que fluye vertiginosamente sobre el soporte; en definitiva, el medio que gana la batalla al tiempo. Para Vall Palou, esta práctica es una auténtica escritura del pensamiento, un ejercicio que permite seguir la huella de sus oscilaciones emocionales y de cada uno de los momentos concretos dentro del conjunto de su obra.

Por otra parte, la obra cerámica en rakú de Vall Palau, de piel seca y áspera, dialoga con una serie de pinturas negras de una profundidad espectral. Ve en la cerámica –el ancestral arte del barro y del fuego- la posibilidad de investigar nuevos planteamientos y nuevas morfologías. Una firme voluntad de experimentación, junto con la práctica del buen oficio y los intríngulis de la tradición, han dado como resultado una cerámica que, por encima de todo, es concebida como un arte puro que defiende la materia con toda su palpitación y sus cualidades intrínsecas. Si las morfologías tradicionales se han centrado exclusivamente en torno al vacío -donde reside su utilidad- y limitadas por formas que cierran el espacio interior dentro de las tipologías clásicas dirigidas a contener algo, sus piezas en material cerámico se abren y expanden en pro de la creatividad y del concepto. Transgredir la función de depósito y alterar formal y conceptualmente la concepción tradicional implica que el material cerámico puede usarse para crear objetos escultóricos, lejos de las formas ortodoxas como el tópico vaso, plato, tazón o recipiente que sirve para algo.

En su obra se manifiesta a menudo un equilibrio de contrarios que otorgan ese punto de polaridades antagónicas tan evidente en su trabajo: organización y caos; luz y oscuridad; placer y angustia; lleno y vacío; cielo e infierno… dualidades al servicio de una obra que se escapa del formato y se expande en todo momento hacia la tridimensionalidad.

La exposición actual reúne una selección de obra reciente, realizada en los últimos años, y se estructura siguiendo un paseo por las diferentes series, organizadas en siete ámbitos.

Una obra rigurosa, honesta y coherente, la de Vall Palou, que no hace ninguna concesión y que nos invita a profundizar para disfrutar de impresiones y sensaciones enriquecedoras. Una obra que reivindica las intenciones de la mirada y que deja en la percepción del espectador ejercicios diferentes que se pueden hacer a través de la memoria, el rastro, la reflexión poética, la permanencia ficticia, el camino del sueño… y nos potencian lo que Marcel Duchamp defendía al afirmar que el observador hace la obra.

Conxita Oliver
Historiadora del Arte y miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte